LA MAYORÍA SATISFECHA
SEGÚN GALBRAITH
John Kenneth
Galbraith en su libro “La cultura de la Satisfacción” analiza, entre otras
cosas, la llamada cultura de la satisfacción norteamericana.
En este sentido, el autor comienza planteando como las
ideas liberales desde su nacimiento fueron funcionales a los grandes
empresarios. Esto se puede ver claramente, aunque el autor no lo plantea, en la
idea de la mano invisible desarrollada por Adam Smith a fines del siglo XVIII
donde se muestra más cabalmente la funcionalidad del liberalismo económico para
el grupo de los satisfechos.
El padre de la economía a través de este concepto planteaba
que cada individuo buscando satisfacer sus propias necesidades en el mercado
colaboraba con un fin que no buscaba: el bien común. Un ejemplo de este
concepto dado por los liberales es que el empresarios al instalar una fabrica
buscando sus propios beneficios termina dando trabajo a los desocupados.
La conclusión más importante de la mano invisible es que al
coincidir el interés individual con el interés general no es necesarios la
intervención del Estado en la economía. Esta idea es la concepción central del
liberalismo económico.
De esta forma, ningún empresario podría sentirse culpable
buscando maximizar sus propias ganancias porque de esta manera esta colaborando
con el bienestar de la sociedad. Dicho de otra manera, “nadie podría sentirse
culpable por la propia fortuna ante una clase obrera que, según Ricardo y
Malthus, inexorablemente se multiplicaba hasta hundirse en el nivel de
subsistencia, ni tampoco si estaba uno inmerso en un sistema de mercado que
recompensaba su esfuerzo de acuerdo con su aportación económica concreta y con
su mayor merito social”.
Incluso, plantea el autor, en plena crisis de 1929 donde se
puso de manifiesto el fracaso del liberalismo económico, la intervención del
Estado generó una fuerte resistencia por parte de los satisfechos. Durante la
Gran Depresión mientras se generalizaba el desempleo sin subsidios, la crisis
agrícola se profundizaba, crecían los ancianos sin pensión y aumentaba la
explotación de las mujeres y de los niños en las fabricas; los que permanecían
favorecidos se oponían a cualquier intervención del Estado.
En este contexto, Franklin D. Roosevelt fue elegido como
presidente de los Estados Unidos a partir de una especie de engaño político. En
efecto, al mismo tiempo que prometía cambios y reformas para conseguir la
reactivación económica, aseguraba mantener un presupuesto equilibrado y un
reducido gasto público con el objetivo de tranquilizar al grupo de los
satisfechos.
Cuando Roosevelt experimentó el New Deal (Nuevo Acuerdo)
que implicaba un fuerte incremento de la intervención del Estado en la
economía, los opulentos recurrieron a las barreras constitucionales con el
objetivo de frenar el avance del Estado.
Incluso, la idea de que en medio de una crisis como la de
1929 no debía intervenir el Estado fue sostenida y apoyada por algunos economistas.
Como plantea Galbraith, el economista Joseph Schumpeter junto a Lionel Robbins
plantearon la tesis que sostenía que la recuperación económica no debía
conseguirse a través de la acción del Estado. Para estos economistas, la Gran
Depresión era un fenómeno saludable del sistema económico al permitir la
expulsión de las distintas anomalías de la economía.
Por lo tanto, según estos economistas, la recuperación
luego de la crisis sólo podría ser firme y sustentable si se producía sin
intervención del Estado. De esta forma, incluso en medio de la peor crisis mundial existieron
economistas funcionales a los opulentos que desarrollaban teorías para limitar
las distintas esferas de intervención estatal.
En plena presidencia de Roosevelt el banquero Morgan,
espantado por la acción estatal, advertía al Senado que “si se destruye la
clase ociosa, se destruye la civilización” y continuó diciendo que la clase
ociosa son “todos aquellos que pueden permitirse pagar una sirvienta”.
Sin embargo, como sostiene Galbraith, el New Deal de
Roosevelt fue fundamental para recomponer el sistema capitalista norteamericano
y en este sentido proteger el bienestar de aquellos individuos que el
capitalismo más favorece, esto es, de los satisfechos.
A partir de esta introducción el autor comienza a analizar
lo que él denomina la mayoría satisfecha. Según Galbraith este sector social
incluye a las personas que manejan las grandes empresas financieras e
industriales y a sus asalariado medios y superiores, a los profesionales, a los
empleados subalternos con ingresos garantizados, a los que poseen negocios
independientes, una buena parte de los agricultores, trabajadores con oficio,
ancianos con buenas jubilaciones que les permite vivir sin sobresaltos, entre
otros grupos.
Es decir, la mayoría satisfecha es un grupo heterogéneo de
personas pero que presentan una característica común: tienen garantizado en
mayor o menor medida su bienestar material y consideran que el futuro se
encuentra bajo su control personal.
Según Galbraith, esta mayoría satisfecha presenta cuatro
características fundamentales:
1) La primer característica es su afirmación de que los que
la componen están recibiendo lo que se merecen en justicia. Es decir, que los
individuos que integran la mayoría satisfecha están convencidos de que lo que
disfrutan es producto de su esfuerzo, su inteligencia y su virtud personal.
En tal sentido, todo intento de igualdad es repudiado por
la mayoría satisfecha con el justificativo de que la fortuna se gana a partir
del esfuerzo personal. Por tal motivo, la equidad provoca la indignación de los
favorecidos pues implicaría la usurpación de aquello que tan claramente se
merecen.
2) La segunda característica es su actitud hacia el tiempo.
En efecto, la mayoría satisfecha posee una actitud adversa por el largo plazo.
Prefieren el corto plazo en detrimento del largo plazo por una cuestión
sencilla: el largo plazo puede no llegar nunca.
Dicho de otra forma, la construcción del largo plazo recae
sobre los individuos del presente y los beneficios serán disfrutados por otros.
En palabras de Galbraith “...el coste de la actuación de hoy recae o podría
recaer sobre la comunidad privilegiada; podrían subir los impuestos. Los
beneficios a largo plazo muy bien pueden ser para que los disfruten otros. En
cualquier caso, la tranquila teología del laissez faire sostiene que, al final,
todo saldrá bien”.
Esta segunda característica de la mayoría satisfecha se
observa claramente, según el autor, en el cuidado del medio ambiente. Mientras
que el costo económico para proteger al medio ambiente es concreto, el
beneficio ecológico a largo plazo es difuso y discutible.
Por lo tanto, los opulentos de la sociedad sobre los cuales
le recae ese costo presente si bien no niegan el problema medioambiental por el
cual atraviesan las diferentes sociedades en la actualidad, prefieren aplazar
las medidas. Como sostiene Galbraith, una parte de los satisfechos propone la
realización de diversas investigaciones para corroborar el deterioro ambiental,
lo cual da tranquilidad intelectual y moral pero que en la realidad se traduce
en la no actuación.
El autor también menciona como otro ejemplo del papel del
tiempo para los opulentos el tema de la construcción de la infraestructura
económica como las autopistas, puentes, aeropuertos, transporte público, etc.
Mientras que existe en Estados Unidos una opinión generalizada de la
insuficiencia en términos de infraestructura para el futuro, existe una
oposición firme por parte de la mayoría satisfecha a la realización de nuevos
gastos e inversiones públicas para su construcción.
En este sentido, la mayoría satisfecha expresa el mismo
argumento que con el cuidado del medio ambiente, esto es, los impuestos y los
costos actuales son concretos mientras que los beneficios futuros son difusos.
Como sostiene el autor “se benefician individuos posteriores y distintos; ¿por
qué pagar por personas desconocidas?. Se trata, otra vez más, de la instancia
fácilmente comprensible en la no intervención y en librarse así del coste
actual. La satisfacción demuestra ejercer aquí una influencia social creciente,
más decisiva que en el pasado. La red de autopistas, las carreteras generales,
los aeropuertos, puede que hasta los hospitales y las escuelas de una época
anterior y económicamente mucho más austera que en la que los votantes
favorecidos eran muchísimo menor, no podrían construirse hoy”.
De esta manera, la mayoría satisfecha privilegia el
beneficio a corto plazo a la construcción de un futuro mejor que es siempre
incierto y el cual ellos tal vez no disfrutarán.
3) La tercer característica de los opulentos de la sociedad
es su visión sumamente selectiva del papel del Estado. En líneas generales, la
mayoría satisfecha visualiza al Estado como una carga. De esta forma, para los
que disfrutan de una situación desahogada es imprescindible reducir o eliminar
esta carga, lo cual se traduce en una reducción de los impuestos.
Sin embargo, esta critica hacia la intervención del Estado
por parte de los satisfechos es selectiva. En efecto, este sector de la
sociedad no se queja del Estado cuando sus intervenciones los favorece. Según
Galbraith “...aunque en general se haya considerado al gobierno como una carga,
ha habido, como se verá, costosos y significativas excepciones a esta amplia
condena. Se han excluido de la critica, claro, las pensiones profesionales, los
servicios médicos de las categorías de ingresos superiores, el sostén de las
rentas agrarias y las garantías financieras para los depositantes de bancos y
cajas de ahorro en quiebra. Son firmes pilares del bienestar y la seguridad de
la mayoría satisfecha. Nadie soñaría con atacarlas, ni siquiera marginalmente,
en ninguna contienda electoral”.
Incluso, sostiene Galbraith, dentro de las erogaciones
públicas que nadie se anima a atacar entran los gastos militares, a pesar de
que generan fuertes efectos fiscales negativos. El justificativo de estos
elevados gastos es que son percibidos como una protección vital para la
continuidad del bienestar de la mayoría satisfecha, en el pasado amenazado por
el comunismo y en la actualidad por el terrorismo. Hasta los republicanos que
pregonan por un presupuesto equilibrado y una reducción del gasto público son
férreos defensores de los gastos militares.
De esta manera, si bien los opulentos consideran al Estado
como una pesada carga, aquellas erogaciones públicas que los favorecen son
tomadas como dignas excepciones del gasto estatal. El resto, es decir, el gasto
del Estado en defensa de los menos privilegiados es considerado por la mayoría
satisfecha como una carga que debe reducirse.
Como señala el autor “tales son las excepciones que hace la
mayoría satisfecha a su condena general del Estado como una carga. El gasto
social favorable a los afortunados, el rescate financiero, el gasto militar y,
por su puesto, los pagos de intereses constituyen, con mucho, las partes más
sustancial del presupuesto del Estado y la que ha experimentado, con gran
diferencia, en fecha reciente, mayor incremento. Lo que queda –gasto para ayuda
social, viviendas baratas, servicios médicos para los sin ellos desvalidos,
enseñanza pública y las diversas necesidades de los grandes barrios pobres- es
lo que hoy se considera como la carga del Estado. Es únicamente lo que sirve a
los intereses de los que no pertenecen a la mayoría satisfecha; es,
ineludiblemente, lo que ayuda a los pobres”.
4) La cuarta y última característica es la tolerancia que
presenta la mayoría satisfecha respecto a las grandes diferencias de ingreso.
El autor plantea que aquellos que pertenecen al sector afortunado de la
sociedad aunque menos acaudalados soportan los ingresos sumamente elevados de
los muy ricos, por temor a que en la redistribución de la riqueza estén
amenazados también sus ingresos.
En efecto, “se respeta aquí una convención general bastante
plausible: el coste de la prevención de cualquier ataque a la propia renta es
la tolerancia de una mayor cuantía para otros”. En
este sentido, la opulencia de los muy ricos es el precio que paga el resto de
la mayoría satisfecha para poder retener su ingreso que es drásticamente menor
pero que les permite vivir sin sobresaltos.
Por otro lado, esta tolerancia de las altas rentas de los
sectores más ricos de la sociedad se defiende con el siguiente argumento: la
mejor manera de ayudar a los más pobres es reduciendo los impuestos a los más
ricos. Efectivamente, al reducirse los impuestos a los más satisfechos de los
satisfechos esto se traduciría en más inversiones, lo cual terminaría
beneficiando a los más pobres dándole trabajo. Como sostiene Galbraith “...la teoría
de que si se alimenta al caballo generosamente con avena, algunos granos caerán
en el camino para los gorriones”.
En resumen, estas son las cuatros características de la
mayoría satisfecha, es decir, del sector social que tiene la posibilidad de disfrutar
un bienestar económico que le permite vivir con desahogo sus vidas.
Sin embargo, sostiene el autor, este bienestar material de
la mayoría satisfecha es sostenido y fomentado por la presencia de una clase
numerosa que no participa de la comunidad favorecida, la cual Galbraith
denomina la Subclase Funcional integrada por los más pobres de la sociedad
norteamericana.
A su vez, el autor plantea que existe una minoría de los
satisfechos que les preocupa además de su satisfacción personal la situación de
los desfavorecidos que no tienen la suerte de participar de su bienestar
material.
En efecto, existe un grupo de individuos integrados por
intelectuales, periodistas, disidentes profesionales que manifiestan simpatía
por los marginados. Sin embargo, plantea Galbraith, no constituyen una amenaza
seria para la mayoría satisfecha. Todo lo contrario, este grupo consolida la
posición de los opulentos al democratizar la posición dominante de la mayoría
satisfecha.
En otras palabras, con su defensa de los excluidos
demuestran que el sistema democrático funciona. Como sostiene Galbraith “los
progresistas en Estados Unidos y los políticos y portavoces laborista en Gran
Bretaña son, en realidad, vitales en este sentido. Sus escritos y su retórica
dan esperanza a los excluidos y garantizan, al menos, que no son marginados a
la par que ignorados”.
LA MAYORÍA SATISFECHA ARGENTINA:
A partir del conflicto desatado con las retenciones móviles
se observó en todo su esplendor el accionar de la mayoría satisfecha argentina.
A lo largo de todo el conflicto se vio reflejado en todos los actores sociales
que se opusieron a la medida implementada por la presidenta Cristina Fernández
de Kirchner, fundamentalmente las entidades agrarias, las distintas
características detalladas por Galbraith que presentan los sectores opulentos
norteamericanos.
1) Los agricultores afirmaron que están recibiendo lo que
se merecen en justicia, esto es, que la renta agraria percibida es producto de
sus esfuerzos. En este sentido, se estereotipó al agricultor como el campesino
que se levanta a las 5 de la mañana para trabajar sus tierras y que trabaja de
sol a sol.
Por lo tanto, para los agricultores no es justo que el
Estado intervenga a través de las retenciones para extraerle parte de su renta
con el objetivo de distribuirlo entre los menos favorecidos. Es decir, la
mayoría satisfecha argentina se mostró indignada ante la intención del Estado
nacional de cobrarle impuesto al núcleo sojero pues lo consideran como una
usurpación de aquello que tan claramente se merecen.
En este sentido, se oculta que buena parte de la renta
percibida por los agricultores es como resultado de una política económica
llevada a cabo por el gobierno nacional: la devaluación de la moneda. Política
económica que además fue soportada por los asalariados que a partir de la
inflación vieron reducido su salario real.
Por otro lado, junto con la devaluación de la moneda, la
renta extraordinaria de la soja se debe al abrupto incremento de los precios
internacionales de las materias primas a partir del aumento del consumo sobre
todo de China y la India pero además también por el vuelco de gran parte de la
especulación financiera internacional que se dedicó al negocio de las materias
primas.
Por lo tanto, el crecimiento extraordinario de sus ingresos
no se debió fundamentalmente a sus esfuerzos personales sino más bien por
factores exógenos a los agricultores, esto es, por la devaluación de la moneda
nacional y por el crecimiento internacional del precio de las materias primas.
2) En las entidades
agrarias durante el conflicto también se notó su privilegio del corto por el
largo plazo. En efecto, gran parte de su discurso en contra de las retenciones
móviles era que se debía aprovechar el contexto internacional que favorecía a
la Argentina a partir de los elevados precios de las materias primas.
Para las entidades agrarias esto significa venderle al
mundo lo que el mundo necesita. Es decir, retomar los lineamientos generales
del modelo agroexportador que implica la venta externa de productos primarios,
fundamentalmente soja.
Por lo tanto, para aprovechar el contexto internacional,
según los agricultores es conveniente reducir las retenciones para así de esta
manera permitirles incrementar la inversión agraria y de esta forma producir
una mayor cantidad para aumentar las exportaciones.
Esto implica que el Estado no intervenga para fijar las
rentabilidades relativa de la economía. Esto se traduciría en que ante el
aumento abrupto de la soja a nivel internacional la rentabilidad del sector
sojero es mayor a la rentabilidad de los otros sectores económicos, esto es, al
resto de las actividades agrarias – ganaderas y al sector manufacturero.
Este fenómeno genera que la mayor parte de la inversión sea
destinada en la economía argentina a la producción de soja desalentando de esta
forma la inversión en trigo, maíz, leche, carne y productos manufacturados.
Esto se traduce en dos hechos: primero, como la soja se produce casi
exclusivamente para la exportación se reduciría la producción de productos
agrarios – ganaderos que se destina al consumo interno y, segundo, se atentaría
al modelo de industrialización al ser menos rentable la inversión en el sector
manufacturero que en el sector sojero.
Ahora bien, es de esperar que este aumento en el precio
internacional de la soja y de las materias primas en general no sea indefinido.
Por lo tanto ¿qué sucedería entonces si se reduce el precio de la soja y el
gobierno, como pretenden las entidades agropecuarias, no fija las
rentabilidades relativas de la economía y deja que las ganancias del núcleo
sojero aumentara más que los beneficios de las otras actividades permitiendo de
esta forma el avance de la producción de soja en detrimento de las otras
actividades?.
Nos encontraremos que la economía argentina se especializó
en la producción de un bien que no se consume internamente y que ahora al bajar
el precio internacional tampoco es tan rentable exportarlo. Pero además nos
especializaremos en un producto que no genera valor agregado y que por lo tanto
no se traduce en puestos de trabajo, lo cual implicaría que este tipo de
especialización se traduciría en un incremento de la desocupación.
De esta forma, en términos de las entidades agropecuarios,
aprovechar el contexto internacional es privilegiar el corto plazo para
hipotecar el largo plazo de la economía y la sociedad argentina. En otras
palabras, permitirles a los agropecuarios la obtención de una renta
extraordinaria a partir de la exportación de la soja, atentando contra la
producción de los alimentos para los argentinos y contra el proceso de
industrialización de la economía argentina.
En este sentido, en contraposición a los sostenido por las
entidades agropecuarias durante el conflicto, aprovechar el contexto
internacional implica tener una perspectiva de largo plazo, previendo que el
precio de las materias primas no se mantendrán indefinidamente en niveles
altos. Esto implica, por lo tanto, a partir de distintas intervenciones
estatales incrementar la producción de trigo, maíz, leche y carne para bajar el
precio interno de los alimentos y aumentar el consumo de los argentinos y, por otro lado, profundizar
el proceso de industrialización de la economía argentina permitiendo, entre
otras cosas, reducir el nivel de desempleo, pobreza e indigencia.
En otras palabras, pensar en el largo plazo es generar a
través del intervensionismo estatal un desarrollo económico y social, y no
simplemente obtener un crecimiento económico en base a la exportación de soja.
Esto último lo único que permitiría es la obtención de una extraordinaria renta
en el corto plazo del núcleo sojero.
Por otro lado, esta visión cortoplacista de las entidades
agropecuarias se observa en su total despreocupación por la tendencia hacia el
monocultivo. Es decir, aprovechar el contexto internacional en la perspectiva
de los agropecuarios se traduce en producir cada vez más soja a costa de la
fertilidad futura de la tierra argentina.
Dicho de otra forma, producir la mayor cantidad de soja
posible en el corto plazo para obtener de esta manera la mayor renta posible
antes que baje el precio internacional de la soja sin preocuparme por los
desastres ambientales que esto genera.
Nuevamente, las entidades agrarias privilegian el corto al
largo plazo, total como dice Galbraith el futuro es incierto y además ellos no
estarán.
3) Durante todo este conflicto también se observó la visión
sumamente selectiva por parte de las entidades agropecuarias del papel del
Estado. Una de las cuestiones que quedó más claro es que para los agricultores
el Estado en líneas generales es percibido como una carga.
Para ellos el Estado es un socio que participa de las
ganancias del campo pero que desaparece en los momentos de las malas cosechas.
Por lo tanto, exigen la no intervención del Estado en la economía.
Sin embargo, nunca se escuchó criticar con anterioridad al
conflicto a las entidades agrarias cuando el Estado nacional le refinanció las
deudas salvando la mayor parte de los campos que se encontraban hipotecados lo
cual les permitió a muchos agricultores salvar sus tierras, ni tampoco se los
escuchó criticar el gasto público destinado para mantener la moneda devaluada
que genera un incremento de la rentabilidad en pesos de los exportadores y
tampoco criticaron la intervención del Estado subsidiando el gas oil para
abaratar los costos de los agricultores debido al alto precio internacional del
petróleo.
Esto demuestra en primer lugar que el Estado no es un socio
que sólo participa de las ganancias sino que gracias a su intervención permite
aumentar la rentabilidad de los productores. Pero que además las entidades
agrarias no se quejan de la intervención del Estado, sino que critican las
intervenciones gubernamentales que no los beneficia.
4) En el conflicto por las retenciones móviles se observó
también la tolerancia que muestra gran parte de la mayoría satisfecha respecto
de las grandes desigualdades en la distribución del ingreso. En efecto, las
entidades agropecuarias estuvieron fuertemente apoyadas por un gran sector de
los afortunados que nada tenían que ver con el campo ni muchos menos les
afectaba las retenciones móviles de la soja. Incluso, este apoyo se dio
conociendo las rentas extraordinarias percibidas por el núcleo sojero que
lideró el conflicto agrario.
Si bien detrás de este apoyo podemos encontrar un número
importante de causas, uno de los factores fundamentales es la oposición a
cualquier medida redistributiva implementada por el Estado nacional. Pues esta
distribución es amenazante para el grueso de la mayoría satisfecha.
De esta forma, prefieren apoyar la renta extraordinario de
un grupo reducido de productores con tal de no ser afectada en algún momento su
renta en el proceso de distribución del ingreso. Parafraseando a Galbraith, la
opulencia esplendorosa del núcleo sojero es el precio que paga el resto de la
mayoría satisfecha menos opulenta para poder retener lo que es menos pero que
está muy bien de todos modos.
Por tal motivo, buena parte de la mayoría satisfecha
argentina salió en defensa de las entidades agropecuarias a pesar de no
sentirse afectado directamente por las retenciones móviles establecidas por el
gobierno nacional.
Por último, también durante el conflicto agropecuario
participó esa minoría de la mayoría satisfecha preocupada por los marginados
pero inofensiva para la posición dominante de los opulentos. En efecto, una
parte del progresismo argentino integrado por intelectuales, periodista y
políticos que escribían y hablaban permanentemente a favor de la distribución
del ingreso pero que sin embargo durante este conflicto decidieron ser
funcionales, por diferentes motivos, a las entidades agropecuarias.
Estos sectores son profundamente necesarios para darle un
aire de democracia a la posición dominante de la mayoría satisfecha. Entre
estos sectores podemos destacar a Proyecto Sur cuyo diputado Claudio Lozano a
pesar de expresar su pasión por la redistribución del ingreso terminó votando,
más allá de sus explicaciones, a favor de las entidades agropecuarias.
El voto de Cobos por la negativa al proyecto de retenciones
móviles para la soja muestra la preponderancia cultural, económica, política y
social de la mayoría satisfecha argentina. Los sectores opulentos de la
sociedad afirman que gracias al voto de Cobos se pacificó el país. Pero al
mismo tiempo dan una señal: esta pacificación depende de que la posición
dominante de la mayoría satisfecha no se vuelva a discutir, esto es, la paz
social depende de que no se insista más en la distribución del ingreso.